martes, febrero 01, 2011

La llegada de la modernidad (5)

El hereje y el cortesano de Matthew Stewart (p. 138)

"A pesar de sus visitas a los lugares de interés, en París Leibniz fue un hombre dedicado por encima de todo a sus estudios. A menudo se quedaba a trabajar hasta muy tarde y se quedaba dormido en su silla. Uno de los secretos de su éxito fue que, como tantos otros triunfadores, necesitaba dormir muy poco -con cinco o seis horas tenía suficiente. Nunca abandonó la costumbre, contraída en su juventud, de leer y escribir mientras viajaba en un carruaje o cuando estaba sentado a la mesa en las posadas, a pesar de que era un hombre poco dado a la rutina. Incluso los espectáculos y los placeres de la ciudad formaban realmente parte de su proyecto intelectual: eran su forma de estimular la mente y de asegurarse al mismo tiempo el reconocimiento y el estatus que necesitaba para poder proseguir sus estudios.

Podría muy bien decirse que, en París, no menos que Spinoza en Rijnsburg, Leibniz vivió una vida de la mente. Y sin embargo, sus formas de ser respectivas difícilmente podrían haber sido más distintas. Spinoza recomendaba un grado razonable de actividad sensual (que en cualquier caso no está nada claro que él mismo practicase) como forma de alimentar al cuerpo, de modo que este proporcionase un hogar sano a la mente. Su vida de la mente no se definía en absoluto por oposición a una vida del cuerpo, sino por oposición a la vida de los demás -la vida convencional y llena de disimulos dedicada a la búsqueda de fama y riquezas. La vida de la mente de Leibniz, por otro lado, estaba de algún modo efectivamente en contradicción en cierto modo con la vida del cuerpo, que en su caso siempre pareció dar muestras de cierto grado de irrealidad. Y lo que es más importante, la vida intelectual de Leibniz fue una vida totalmente sobre los demás. Era, por definición, una vida de espectáculo y delectación, de ver y ser visto. Por consiguiente, era de hecho una respetable subespecie de la búsqueda de fama y dinero. Y, cuando la necesidad así lo imponía, no era en absoluto incompatible con cierto elemento de disimulo -de engañar al mundo "para curarlo".

LAS OTRAS PERSONAS POR las que más preocupado estaba Leibniz eran de un tipo muy especial. Sus conexiones con los aristócratas alemanes le abrieron las puertas de las más elegantes mansiones parisinas, y el bien acicalado cortesano no dudó en cruzar tan seductores portales."

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