martes, abril 12, 2011

La llegada de la modernidad (49)

El hereje y el cortesano de Matthew Stewart (p. 297)

"En la Ciudad de Dios que Leibniz ensalza en su filosofía, el principio de la caridad reina supremo. Pero en París, Hanover y las otras ciudades en las que residió, Leibniz parece haber asumido que el interés propio era el único móvil capaz de impulsar al ser humano. La pregunta acerca de si el filósofo colocó su bien personal por encima del bien público es probablemente una cuestión de la que tal vez trató de protegerse erigiendo barreras epistemológicas; pero que actuó suponiendo que los demás, como norma, tenían tendencia a hacer esto mismo, parece indiscutible. Leibniz no confiaba en nadie. Aparentemente, en efecto, estaba tan convencido de que los demás no iban a secundar proyectos humanitarios como el suyo, que se vio obligado a robar enormes cantidades de tiempo a dichos proyectos para poder obtener el dinero y el poder que necesitaba para llevarlos a cabo. Los seres humanos son tan interesados, insinuó, que sin la promesa de recompensas y castigos personales en la otra vida, difícilmente es posible contar con ellos para que contribuyan al bien público en esta vida.

El escenario en el que Leibniz representó su vida pertenecía a otro filósofo. La idea del 'yo' implícita en sus acciones no era la unidad permanente de su monadología, sino la frágil colección de pasiones que emerge de la teoría de la mente de Spinoza. El ámbito político en el que buscó empleo no fue el Imperio de la Razón, sino el orden secular representado en las obras de Spinoza según el cual el poder es el primer lenguaje de la política, y la verdad solamente se expresa raramente, y generalmente en broma. Y la premisa de su práctica diaria no era el principio de la caridad, sino la doctrina de Spinoza de que todas las personas y todas las cosas actúan primero y sobre todo por interés propio. Como su Dios, Leibniz quería vivir solamente en el antes y en el más allá; pero como el resto de nosotros, nunca abandonó realmente el presente. La verdad que yace en el fondo de la variopinta forma de ser del gran cortesano es simplemente esta: Leibniz actúo como un spinozista -y sin embargo, él no era en absoluto como Spinoza.

Y aquí está la pista final para comprender el hecho que tuvo lugar en noviembre de 1676. Cuando Leibniz se sentó con Spinoza en la casa del Paviljoensgracht adquirió la clase de cosa que siempre han buscado los filósofos y por la cual no pueden, a la larga, sino sentirse agradecidos: una forma de autoconocimiento. Spinoza le mostró quién era y qué era. Para Leibniz, fue una forma de conocimiento difícil de asumir. Necesitó cuarenta años de vida para que fuese penetrando poco a poco en el interior de su ser, hasta que finalmente se puso de manifiesto en cierta forma de aceptación. Leibniz fue un gran intérprete, un maestro en el manejo de las percepciones y sosteniendo el espejo que nos permite adularnos adulándole a él. Si, justo antes de esta reverencia final, le cayó la peluca dejando al descubierto algo del artista que había debajo, debemos imaginarnos que nos reservó un malicioso guiño y una tenue sonrisa de despedida, sintiéndose al fin cómodo en el papel que tenía que jugar."

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